Trabajar una familia cromática —beiges minerales, grises cálidos o rotos nacarados— permite superponer capas con sutil variación sin fragmentar el espacio. Pinturas con alto índice de opacidad, textiles de lino lavado y lana peinada, y piedras con vetas fantasma crean profundidad. Asegura iluminación con CRI elevado para que la riqueza material se lea fiel. Un acento metálico fino, repetido ritmicamente, sostiene la continuidad y firma una identidad discreta.
Elige bouclé de grano fino, madera suavemente cepillada, azulejos con relieve bajísimo o estucos minerales lisos que invitan a tocar sin robar protagonismo. La clave está en el contraste moderado: suficientes matices para emocionar, nunca tantos como para distraer. En rincones de descanso, una manta de cashmere y un panel acústico textil añaden confort sensorial. La lectura calmada de planos continuos hace que los metros parezcan multiplicarse.
Los grandes formatos en suelos y aplacados reducen líneas de fuga y consolidan la percepción de orden. Molduras anchas pero planas, tiradores integrados a toda la altura y puertas de piso a techo hacen que los volúmenes se lean esbeltos. La escala generosa en pocos elementos comunica decisión y lujo. El secreto es editar: menos piezas, mejor ejecutadas, con encuentros cuidados, esquinas a 45 grados y juntas alineadas impecablemente.